domingo 22 de noviembre de 2009

Rescates - IX - Bendita Música

No estoy segura del año en que escribí este saludo, sí sé que fue en esta fecha, este día que mi memoria se resiste a olvidar. Puse "2001" por imágenes y circunstancias asociadas. Sigo intercambiando figuritas con Guido y Mariana. Y sigo descubriendo magia día a día. En la magia encuentro mis raíces, y en mis raíces la magia se hace canto, en el que escarbo hasta alcanzar en los ecos inasibles de la voz de mi madre nuestra primera ninna nanna.


Bendita Música

Hubo un época, cuando Guido y Mariana eran chicos, en que el viejo y querido Renault 12 parecía una cajita de música con ruedas. Sentados en el asiento trasero, siempre encontraban motivo para pelearse. Tal vez porque en algún rincón de la memoria me resonaba aquello de la música calma a las fieras, finalmente di con la solución para mantenerlos medianamente tranquilos: ni bien ponía en marcha el motor preguntaba ¿qué cantamos?, y ahí nomás arrancábamos con el repertorio de María Elena Walsh, seguíamos con la canción de La novicia rebelde, intercalábamos C'el cucu por un buen rato, tratando infructuosamente de coordinar las voces para el canon. Sui Generis y Serú, León, Baglietto, Silvina y hasta Maslíah me ayudaron en esos años a llegar a destino sin mayores contratiempos. Después crecieron y sus preferencias musicales tomaron caminos distintos: Guido apuesta al "ska" y Mariana es "ricotera" de fierro. Yo sigo fiel a mi lista, siempre en aumento con cada descubrimiento, con Serrat y mis raíces tanas a la cabeza. Pero el amor a la música es nuestro común denominador, y con frecuencia intercambiamos figuritas.
Mientras escribo, trabajo o me ocupo de las tareas de la casa, ella –la música–, me acompaña y me envuelve en su lenta danza de seducción, que se apoya en un insólito contrapunto de ritmos y melodías. La Pequeña Música Nocturna de Mozart se entremezcla con un asomo de rap, prosigue con Azucena Maizani y Tita Merello, engancha la melodía de Greensleeves y pasa inmediatamente a anónimas canzonettas campagnolas, para volver al tango en las voces del Polaco y de Rivero. Sting asoma en algunas frases y León se cuela en muchas, junto con el dislate de Maslíah; el ensimismamiento y la doliente dulzura de Beethoven dejan paso a la frescura de Vivaldi; un Verdi grandilocuente se diluye en un Ravel sinuoso y persistente; las heridas abiertas que agita Violeta Parra se cierran entre los pliegues del bandoneón de Piazzola, y emergen en los lamentos de amor de Pedro Vargas y en los reclamos de otra Vargas, Chavela; las atentas miradas de un Serrat adolescente y sabio se trastocan en el imparable sonsonete de las Mamonas Asesinas y el impulso irrenunciable de Carlos Vives, para quebrarse en las voces de Edith Piaf y Maysa Matarazzo. Y así sigue, para hacer de mis días un collage de sonidos y acordes, que consigue despertar su propio eco en el lugar más profundo de la mente.
Feliz día de la Música, que es el otro nombre de la Magia.

JLP
22-XI-2001

jueves 24 de septiembre de 2009

Rescates - VIII - Árbol con alas



Con sorpresa que se resiste a reconocerse a sí misma como tal, sigo reencontrándome con mis escritos en la realidad. Poesías y sueños entremezclados, alimentándose mutuamente para prefigurar el futuro, brotan con el tiempo en colores y texturas a mi alcance. Hace pocos días, no sé si en un sueño o en un camino, encontré un árbol crecido en un lugar donde el día anterior sólo había césped. Fue tan perturbador que olvidé los detalles para poder pensar que pudo ser un sueño.


El sillón de mimbre

Estaba muy cansada. Necesitaba detenerse a tomar aire, pero sabía que no podría hacerlo sin exponerse a preguntas que no estaba dispuesta a contestar. Pensó en morirse, pero ¿quién le aseguraría que la próxima vida sería mejor que ésta? Además, habría que empezar de nuevo. No, agotemos lo que hay. Y siguió buscando alguna salida en su imaginación, que sólo podía ofrecerle soluciones irrealizables.
El timbrazo inesperado la llevó hacia la puerta de calle, pero el sillón de mimbre que había recibido esa mañana la obligó a dar un atropellado rodeo.
A través de la mirilla vio a dos mujeres. Testigos de Jehová, pensó al primer vistazo. La vestimenta, la postura, las carteras y papeles que llevaban eran inconfundibles. Y cierto gesto de resignación que arrastraban como una máscara transparente terminaba de delatarlas. Ellas venían a ofrecer el paraíso, pero la gente no anda dispuesta para los espejitos de colores. Mejor, más lugar para nosotros en el cielo, pensó Julia que pensarían las mujeres.
¿Cómo iba a sacárselas de encima? ¡Eso es! No puedo atenderlas en este momento, les dijo limpiamente sin dejarlas hablar. ¿Qué mejor que decir la verdad? Además, cualquier excusa sonaría igual. Ellas aceptaron con mansedumbre la negativa y ensayando una sonrisa de cartón, se fueron.
Julia volvió a la noria de sus pensamientos, escudriñándolos, desechándolos y retomándolos alternadamente.
Recorrió los cuartos de la casa con expresión ausente, tratando de recordar qué debía hacer en cada uno. Tenía noción de las tareas que le aguardaban para el resto del día, para el resto del año, para el resto de su vida. Sin embargo, cada vez que abría una puerta se quedaba automáticamente en blanco, afanándose por saber para qué había llegado hasta allí. Una segunda vuelta no le deparó mejores resultados y decidió, por fin, que lo mejor sería detenerse. Sí, claro, detenerse, sentarse, no caminar, pero el reposo del cuerpo no hizo más que acelerar el molino de su angustia.
Sin embargo, en algún lugar de su anatomía, un punto indefinido resonó diferente, como si la tensión que había estado acumulando hubiera encontrado por fin una vía de escape. Se miró: estaba sentada en el sillón de mimbre pintado de verde claro que le habían entregado esa mañana.
El sillón. ¿De dónde venía? Se lo dejó, casi a la fuerza, venciendo su negativa a recibirlo, un hombre gris, de mameluco y rasgos aguachentos que no supo, no pudo o no quiso darle razones de la insólita entrega. Se limitó a colocar un papel sobre el asiento, al tiempo que agregaba: “Cualquier cosa, llame a este teléfono. A la tarde pasará el supervisor”. Y sin esperar el sonido que iba a salir por la boca abierta de Julia, se fue. Cuando reaccionó, ahí estaba el sillón de mimbre para recordarle que no había sido una alucinación.
Miró distraídamente el papel y alcanzó a leer “remito”, antes de encogerse de hombros y volver a lo suyo. El resto de la mañana anduvo de aquí para allá, macerando sus pesares en amargura. Cada vez que tropezaba con el sillón se encaminaba al teléfono, pero invariablemente olvidaba el propósito a mitad de camino.
Cuando después de despachar a las Testigos de Jehová se encontró sentada, en lo único que pudo pensar fue en el sol que iluminaba el jardín. La combinación de descanso y sol le pareció imprescindible y supo que ya no podría atender otras ideas. Había en ese sitio un llamado invisible, como un vórtice que la atrajo sin ninguna resistencia, más bien aliviada porque algo, alguien, estaba decidiendo por ella. Arrastró el sillón hacia la puerta de calle. Alcanzó a elaborar a medias la idea de que si lo reclamaban... ¿si reclamaban qué? Bueno, no importa, murmuró apresuradamente entre otros pensamientos desperdigados. Ya estaba en medio del jardín.
Cuando se sentó, la tierra blanda cedió bajo las patas delgadas del sillón. Cerró los ojos y se entregó a esa suave explosión que estaba diluyendo los límites de su piel. Lo último que percibió fue un cosquilleo en la textura del mimbre, como si las varas se estuvieran ampollando.

Mario llegó de la oficina al atardecer. Abrió distraídamente el portoncito de hierro y cuando fue a meter la llave en la cerradura, la puerta del living se abrió sola y lo dejó amagando en el vacío ese movimiento automático. Buscó a su mujer; seguramente estaría entretenida con el riego vespertino, o quizá en la cocina.
Un pensamiento oblicuo le hizo preguntarse por el menú de la noche. Lo esquivó, acuciado por la inquietud creciente porque Julia no respondía a su llamado.
Recordó vagamente haber visto un papel en el piso del hall y volvió a buscarlo. Quizá fuera una nota, quizá... no, era solamente un remito con membrete de una importadora y se refería a un “sillón de mimbre asiático”. Vaya uno a saber cómo había llegado hasta ahí, porque estaba dirigido al 560, y ése era el número de la casa de Doña Pepita... pobre vieja, tanto trajinar, parece que al fin pudo juntar lo suficiente para comprarse el sillón del que siempre hablaba y se dio el gusto. Seguramente le vino a consultar algo a Julia y se dejó el remito. Pero Julia, ¿dónde está Julia?
La llamó de nuevo, en voz más alta y ya sin esconder su preocupación. Julia andaba en las nubes últimamente, pero era muy cuidadosa en lo concerniente a la seguridad. Además siempre lo esperaba en la casa, como haciéndole guardia a tanta pulcritud, nunca un rastro de polvo en los muebles, jamás una arruga en el cubrecama, la comida siempre lista, todo lavado, todo planchado. Y mientras hacía ese repaso doméstico elemental había salido de nuevo al jardín, se había arrimado al cerco que lo separaba del otro vecino y hasta llegó a la vereda, también sin resultados.
Y entonces, cuando se disponía a entrar para recorrer otra vez toda la casa, notó algo extraño, fuera de lugar: en el centro del jardín había un árbol. Su tronco se erguía con el aplomo propio de las cosas que han permanecido muchos años en el mismo lugar, salvo que hasta esa tarde no estaba ahí. Era un sauce, con sus ramas lacias llenas de brotes y el tronco áspero surcado por anchas estrías de crecimiento.
Frunció el ceño, esforzándose por entender cómo nunca lo había visto. Además, a él jamás se le hubiera ocurrido plantar un árbol justo en el centro del jardín, se dijo meneando la cabeza. Es más, hacía muchos años que no se le ocurría nada, y menos en su casa, que la convivencia y sus acuerdos habían dejado tácitamente bajo el dominio de Julia. De todos modos, el sauce estaba ahí, en medio del jardín, vigoroso, muy brotado y sin una explicación lógica, lo mismo que la desaparición de su mujer.
Se acercó desorientado, doblemente conmovido, hacia el árbol imposible, haciéndose todas las preguntas al mismo tiempo. Apoyó la mano derecha sobre el tronco; el latido bajo su palma y esa sensación tan familiar que alguna vez pudo ser una caricia lo sobresaltaron. En ese instante, la ausencia inesperada y la presencia absurda se encontraron en el mismo pensamiento.
Fue como un fogonazo, un relámpago que iluminó las dos caras de una misma moneda ignota. Como un espejo que se mira en otro espejo.

JLP
24-XI-95

lunes 20 de julio de 2009

Rescates - VII - Abrigo y llave



Transito por un largo tiempo sin palabras. Las que hay las necesito para subsistir —y Dios sabe cuánto me cuesta obtenerlas—. Sólo me queda acudir a mi memoria y al back up, y confirmar que el tiempo es como el cuento del Maestro, un "jardín de senderos que se bifurcan", pero también es cíclico y re-ciclable. Cristina F., para quien escribí hace 15 años (!!!) lo que sigue, seguramente no se opondrá a que comparta desde esta ventana las palabras de entonces para saludar a todos los que hoy merecen ser saludados. ¡Feliz día!


Abrigo y llave

Es época de encierro,
de mirar hacia adentro
hasta encontrar luz de sol en los rincones,
respuestas,
espacios azules,
y las cosas de perfil
para conocer su rumbo con certeza.
Es época cerrada,
protegida.
Hacia adentro,
donde se esconde el cielo
cuando nadie lo mira,
donde el aire burbujea
e intercambia señales con la vida.
Desde afuera,
las voces me traen coordenadas
para moverme por el mundo sin tropiezos.
Todo lo que existe es apenas
un lejano murmullo,
un carnaval lavado y deslucido
como un sueño que rebota por ahí
sin nadie
que quiera recordarlo.

Yo no sabía,
no creía estar tan aislada.

Fue su voz la que dijo soledad
cuando dijo tu nombre.
Su voz la que sacudió mi modorra
para mostrarte desnuda...
No, no te escondas,
no temas mostrar la piel del alma.
La soledad que abruma no es más que eso:
tener el alma desnuda
cuando no hay sol
y el frío se acomoda en los rincones.

No temas,
he visto soledades ajenas
y estuve desnuda mucho tiempo
para no sentir como propio
el frío de tu pena.
Tanto lo siento
y tanto
conozco el pudor con que pretendes
simular abrigo y tapadera al mismo tiempo
que casi no me animo a acercarme,
que casi me da miedo lastimarte
con decir solamente
“Estás desnuda”.
No quiero señalar tu soledad
como un espectáculo.
No quiero que nadie más te mire
y de mirarte
a la piel desnuda de tu alma
agregue heridas.

Yo,
—cubierta también de desnudeces—
aún desde el cubil
que mi búsqueda recorre y peregrina por respuestas
no quiero dejarte sola y sin abrigo.

Yo,
que trabajo con palabras,
disfruto con palabras,
y sueño con palabras,
he tejido este abrigo de palabras
intentando cubrir tu desnudez
y alejarte del frío.

Y si esto que te entrego,
de tan transparente
no te cubre,
y húmedo de lágrimas no abriga,
no temas decírmelo.
Esta noche,
cuando haga mi ronda desde el sueño,
voy a llevar los mapas estelares
para acercarme al sol lo suficiente
y traerme en el puño un pedacito.

Sigue desnuda, amiga,
que mañana,
cuando abras tu ventana,
aunque el cielo sea un corral de nubes,
y aunque el jardín se ahogue con la lluvia,
en el sauce que está frente a tu casa
habrá un sol pequeñito.
Es para tu alma.

¡Ah! Y cuando salgas,
ten cuidado.
En el umbral de tu puerta,
por las dudas,
dejaré dientes de león,
flores de trébol,
manzanilla,
y si consigo,
también un manojo de retamas.


Gracias, amiga.
Para tejer este abrigo de palabras
tuve que abrir la puerta.
Cuando vaya por el sol,
seguramente,
volveré con el alma muy caldeada.


JLP
13-VIII-94

jueves 28 de agosto de 2008

Espejos - I

No ha sido fácil lidiar con ella, y a veces todavía me cuesta. El entrenamiento ha sido mutuo y cada una ha sido maestra y alumna de la otra. A conciencia o no, tejimos una historia compartida que hoy cumple 25 años. Como ella, Mariana.


Huellas-vallas


Blancos, grises, malvas.
A lo sumo opalinos
para apagar el inevitable tornasol del tiempo.
Así son mis días estos días.
Así se anuncia el futuro
y lo que queda.
Una cajita guarda mis tintas de colores,
un recurso falaz
para darle algo de vida a mi proyecto.
No tengo mucho más que eso.
Mis hijos,
que es decir mis anclas.
Ellos son lo importante,
pero ya andan solos por la vida.
Su historia es otra
afortunadamente.
No puedo evitar que vuelvan la mirada
hacia mis pasos
y no siempre
dan con las huellas necesarias.
Me esfuerzo.
Dejo marcas en las piedras.
Dejo besos alados en sus sienes.
Dejo abierto el portal
que los conduzca al fondo de mis ojos
donde arraiga la luz
que me une a ellos.
No siempre es fácil la visión que encuentran
y sabe más a valla
que a sendero,
más a entrenamiento que a medalla.

Algún día
a la vista de sus propios aciertos
tal vez adviertan que un obstáculo
es el mejor de los puentes
que esperaban.


JLP
20010122

jueves 5 de junio de 2008

Inventarios Verbales - II

Sigo naciendo cada día. Me visto de prisa con la memoria oscilante, indecisa entre el barniz y la bruma, para funcionar sin levantar sospechas, para que sigan creyendo que soy la misma de ayer que mira hacia el futuro, como si el futuro surgiera de algún manantial ubicado a la derecha de todas las cosas.
Nadie parece haber visto al fantasma que transita entre los sentidos y agita las sábanas de la inconsistencia para disfrazarse de nitidez.
Mejor así. Que mi fantasma sea una cuestión entre yo y yo. Sin explicaciones, sin justificaciones.


Inventario Verbal II


Nacer todos los días
y que cada día pasado sea una vida.

Cazar con la intención perentoria del hambriento.

Endulzar el borde de las horas con la risa.

Tocar melodías escondidas
como una semilla que despereza sus verdores.

Beber en la medida exacta de la sed
y la ecuación que se genera con su calma.

Recordar que la injusticia no consigue
ser reparada jamás por la venganza.

Besar el Cielo con la boca del Infierno
y el Infierno apostando a que no existe.

Escribir y describir
para el ciego, para el sordo y el ausente.

Cortar únicamente
la rosa que quiere ser cortada.

Correr solamente si hace falta.

Caminar para sentir que el tiempo fluye.

Apoyar la cabeza en el olvido
y darle tregua a la memoria cotidiana.

Mecer los sueños,
mimarlos,
acunarlos,
como el hijo que habrán de ser mañana.

Acarrear el pasado sin que pese
y llamarlo experiencia,
que es más fácil.

Envejecer blandamente y sin rencores,
con la oscuridad justa
y la luz necesaria.

JLP
19950505

lunes 5 de mayo de 2008

Inventarios Verbales - I

Llegó Guido y trajo magia de estos tiempos en su valija, la de la laptop. Magia de imágenes y sonidos antiguos pero actuales. Magia que tiene la virtud de arrancarme lágrimas de nostalgia.


Inventario Verbal I


Hacer el Inventario.

Rezar la oración justa.

Limar las piedras filosas.

Sonreír al extraño.

Pesar todos los recuerdos.

Viajar sin llegar nunca.
Desalambrar el Paraíso
para que nadie pueda escriturarlo.

Dar las buenas noticias
aunque en la boca se agiten los guijarros.

Sostener el cielo con los sueños.

Alimentar los sueños
y regresar al alba
y recordarlos.

Sembrar vientos
y cosechar tempestades en un vaso.

Volver a sembrar,
esta vez en terreno inaccesible
y guardarse quimeras por si acaso.

Dormir en los rincones de la noche.

Dormir, ¡ah, dormir!
dormir sin condiciones y sin plazos.

Creer en la verdad del mentiroso
y en la justicia feroz de las mortajas.

Pasar inadvertido
en la siembra, en la siega
y en la sombra.

Pagar con monedas de asombro
los gramos de lógica en tiempos de desquicio.

Espiar todo lo que vuela
y también
el desperezo fugaz de la amapola.

Leer los libros no escritos
en el recorrido de las estrellas.

Contar el viaje sin haberlo empezado.

Poder decir no puedo
no quiero
no me gusta.

Necesitar otro color.
Encontrar otro color.
Explicar otro color con la palabra.

Arrebatarle al sol
la urgencia de morirse en el ocaso,
y a la vida todos sus secretos
para juzgar si el Paraíso es necesario.

Capturar el olvido para domesticarlo.

Inclinar la cabeza únicamente
para no tropezar.

Responder con la voz de la inocencia.

Invitarme a seguir este Inventario
para que el verbo no se agote
en los límites que impone el diccionario.

JLP
19950428

martes 11 de marzo de 2008

Rescates - VI - La canción del nido partido

Ayer, 10 de marzo, con un año y medio siglo a cuestas, los recuerdos me asaltaron sin orden ni concierto: manchas coloridas o tirando a sepia, rasgos, voces y hasta olores. El olor del pan de a bordo, el olor de los puertos, y allá lejos, el de amapolas, retamas y frambuesas que jamás pude extraer de ningún frasco. Y sin embargo, es a su persecución y a su ausencia a quien debo, en última instancia, la canción de mi médula, ésa que no puedo cantar, porque hasta cuando la recito se me quiebra la voz. La Canción para Norma y para Guido, en quienes nombro a tantos otros que desde lejos agitan pañuelos invisibles de despedida y bienvenida. Como yo misma lo hice siempre, hasta que conseguí ponerle palabras propias a este sabor que viene rebotando entre el corazón y los sentidos, entre la esperanza y la nostalgia.


Nido, Vuelo y Otros Cielos
o La Canción del Inmigrante


Para N. H. de M.

I

No te vayas
sin dejarme anidar en tus silencios,
sin esparcir el rocío presuroso
que mi sed de volar
bebe en el sueño.

No te vayas
sin haber aprendido que este cielo
pesa en la ausencia
y sólo puede medirse con nostalgia.
Aunque llenes la valija de recuerdos
el corazón no entiende
y la razón no alcanza.

Si allá,
adonde vas,
sientes que el aire
hace su trabajo indiferente,
que es siempre igual,
con tormenta o con calma.
Que recorre tu perfil
y no le importa
si tropieza con el surco de una lágrima.
Es que ese aire
con alardes de nobleza,
ahíto de historia y de museos,
involucra a la gente en sus cuestiones
y rehúye los abrazos y los besos.
Está todo muy claro:
reconoces
cortesía en el trato
y adviertes gentileza
en cada gesto...
Eso sí, tibia y formal,
nada de fervores.
De vereda a vereda
preguntarán por tu frío,
o querrán saber si acaso es fiebre,
pero a menos que lo pidas
no cruzarán la calle
para prestarte abrigo
o enjugar tu frente.

Y uno,
que anda alegre de amores,
satisfecho de hijos,
y ha zurcido la bolsa con alivio,
se da cuenta que está ansioso,
desolado, hambriento,
y aunque la vida siga igual
o aún mejor,
ya no es lo mismo.
Anda ansioso de afectos,
desolado de abrazos,
hambriento de cariño.

Y en esto —sabes bien por qué lo digo—
no habrá médico que acierte,
medicina que cure
ni amigo que te alivie.

II

Estas líneas prometidas,
demoradas,
hiladas con paciencia y regocijo
en la rueca de mis días,
tienen alma de espejo
y vocación de pájaro perdido.

Ya no puedo retenerlas mucho más.
Pronto se irán
hacia tu mano ansiosa,
que les ofrece primavera, sol y aromas
por recibir un poco de este otoño.
Tendrás suerte.
Cuando rasgues el sobre
un crujido de hojarasca
sorprenderá a tus dedos...
La paleta de Marzo,
entusiasmada de ocres,
rojos, cobres y dorados,
me contagió de árboles los versos.

Después,
desdoblarás estos papeles como un rito.
Buscarás,
con ojos húmedos,
el espejo detrás de las palabras
y un aleteo de visiones
en su ritmo.
Y tratando de entender lo que te pasa
descubrirás
que el verdín de la nostalgia
suaviza los rincones del recuerdo
y carcome las aristas del olvido.

Ahora sabes —ahora sé-,
que en la distancia
se crece de otro modo
porque se añora el nido.
Es el riesgo de volar:
que cielo y vuelo
te den otros caminos,
otros sueños,
y un dolor muy tenue,
como sal
sobre la miel que le saques a la vida.

Quien alguna vez partió
sabe de qué hablo.
Sabe también que no hay regreso
que lo salve,
porque al volver
habrá partido de otro sitio.

JLP
27-III-95