Aún no había llegado un gato a mi vida cuando descubrí que la escritura tenía otras aplicaciones, menos prácticas que las que estaba aprendiendo en segundo grado, pero mucho más entretenidas. Cometí entonces mi primera poesía, de la que sólo recuerdo el verso Saavedra sale al balcón y proclama la libertad, carente de todo rigor histórico... ¡pero sonaba tan lindo!
Para la inevitable Composición Tema La Vaca saqué a relucir mi alma versera y de allí en más saqué patente de “Le Gusta Escribir”. Aunque no sabía aún para qué podría servirme, además de resultarle simpática a los profesores de Castellano y Literatura, empecé a gozar de cierta fama (más incierta que cierta) literaria. Sin que pudiera afirmar concretamente que ésa era mi vocación, creí oportuno empezar a guardar mis creaciones. Así fueron a parar a un cuaderno las rimas empalagosas y forzadas nacidas al rescoldo de mi amor por Pedros y Horacios.
Para rellenar sus páginas con algo más sustancioso y elocuente acudí a Bécquer con tanta ingenuidad como desparpajo. Puedo alegar en mi favor que Don Gustavo Adolfo se dejó plagiar sin decir esta boca es mía, y entre quienes tuvieron acceso a esos textos, nadie pareció percatarse de que las rimas que aparecían con mi firma no eran mías. Muchos años después, cuando me animé a contarlo, supe que ni siquiera en el plagio había sido original: muchos de mis coetáneos también se surtieron copiosamente en las obras de autores célebres.
Supongo que ése es un escalón casi obligado en busca de la propia vocación, escalón que sólo los genios pueden obviar. Los demás, los que sudamos más tinta de la que podemos llegar a usar, trajinamos un camino salpicado de sorpresas con gestos no siempre elegantes. Los cierto es que ninguno de nosotros, los otrora Plagiadores Adolescentes, fue en cana por aquella felonía.
Ahora bien: yo quería hablar de gatos. Todo el mundo habla de gatos últimamente, pero muy pocos los dejan bien parados. Quiero dejar en claro que no es la ancestral connivencia entre gatos y escritores lo que me impulsa a salir en su defensa. Pese a los tempranos escarceos literarios que he confesado más arriba, no hace mucho que asumí la condición de escritora como dato relevante de mi historia. Sí puedo decir que he criado infinidad de gatos y recuerdo a cada uno por su nombre; he disfrutado de su plasticidad, de su presencia fantasmal y de sus juegos. Me hundí hasta el fondo de sus pupilas tratando, aunque más no fuese, de rozar el misterio que revolean como una capa mágica al desplazarse. Y discutí con sus detractores cada vez que se me pusieron a tiro. Discutí con pasión, aún sabiendo lo inútil de mi defensa y la impermeabilidad de los acusadores de gatos.
Paradójicamente, en esta sociedad, la conducta de los animales se señala como ejemplo para los humanos, mientras con absoluta ligereza se tilda a éstos de “animales” cuando ponen en juego lo peor de sí mismos.
Sostengo que la Poesía, como los gatos, goza de “mala prensa”. Salvo Neruda y algunos pocos elegidos (y eso que gracias a “El Cartero” los poetas están pasando por una buena época), la confesión de que uno se dedica a semejante actividad consigue para quien lo haga reacciones heterogéneas, generalmente descalificatorias. Desde el poco académico “¿Lo qué?” hasta la mirada cargada de sorna y pena a la vez, que en el fondo y meneando la cabeza está queriendo decir “¡Pobrecito!”. Ser poeta es sinónimo de excéntrico y de no tener todas las chavetas necesarias. Ni qué decir si adhiere a la poesía de vanguardia. Y si además sale en defensa de los gatos ya está, al Borda sin escalas.
Ahora bien, no es la misma historia ser poeta que ser escritor. La poesía no paga. Los cuentos y las novelas tal vez. A menos que el poeta tenga otra actividad que lo sostenga económicamente estará destinado a penar por su sustento. Y si tiene trabajo —un regalo divino en estos días—, de todos modos su vida será una tortura, porque se verá obligado a alternar entre la lucidez necesaria para cumplir los horarios y formalidades de una vida “normal”, y la locura que le abra las compuertas de la inspiración.
Pero yo quería hablar de gatos y sólo consigo rondar el tema como un gato en celo que se quedó en la danza nupcial. Yo quería decir que atacar a los gatos no enaltece más a los perros, y que perros y gatos conviven en paz si los humanos no los acicatean. Que la Guerra Gato-Perruna es un invento del hombre, padre de todas las guerras. Que no conozco gatos desagradecidos ni traicioneros —como no hay perros— y sí humanos que compiten por el campeonato. Decir que los gatos hacen su vida y no joden a nadie a menos que los jodan.
Quería decir además que no es justo para la especie minina tener que prestarle su nombre a actividades, situaciones y adminículos que tienden a ridiculizarlos (eso sí... ellos ni se dan por enterados). Una prostituta cara no es menos prostituta porque se le diga gato. Si los rosarinos pusieron un gato en la parrilla es porque los proveedores que ellos mismos votaron no les entregaron las liebres prometidas (además deberían saber que ni gatos ni liebres son aptos para esa forma de cocción —Mirtha Legrand dixit—). Y si la otrora prima testa argentina dejó de coronarse con la bola de pelos ovillada y muy trucha que pasó a la historia como “el gato”, será porque aunque fuera un gato trucho seguramente huyó asqueado de tanta rata impune.
Gatos. Tan perseguidos, temidos y odiados como amados, cuidados e idolatrados. En vano tratan sus detractores de escarnecerlos. Ellos los ignoran olímpicamente y si la agresión pasa de las ideas a los hechos, se irán de esta vida con la satisfacción de haberla disfrutado siete veces.
Quiero a los gatos tanto como me repugnan ratas y ratones, pero en este punto no puedo saber si ambos sentimientos son paralelos e independientes o se realimentan mutuamente. Tampoco sé, si este último fuera el caso, cuál de los dos nació primero. Pero repito: amo a los gatos y me siento identificada con ellos.
En realidad, lo que quiero decir es que como poeta me siento un perfecto gato, pero despojado de cualquier significado ajeno a las virtudes y defectos de la especie.
Y que además tengo para colocar tres gatitos de aproximadamente dos meses. Muy lindos, sanitos y machitos los tres. La poesía no paga y ellos insisten en comer.
martes 4 de septiembre de 2007
Rescates - II - Gatos
Labels: Rescates
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1 comments:
Hola Suegris!! me encanta este texto (aunque ya lo conocía ;)), pero no me canso de leerlo. Me uno a tu mensaje final de ofrecimiento, jajajaj yo proximamente tendré para regalar muchos Lulines, tantos como 8 o más!!! los nombres ya estan elegidos: psicologico 1, psicologico 2, psicologico 3.... jajajjajjaja
Y bué que ilusos fuimos!!!!
Vas a ser Bisanona!!!!!! ya tenes tema para tu próximo post! mil muas!
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