jueves 24 de septiembre de 2009

Rescates - VIII - Árbol con alas



Con sorpresa que se resiste a reconocerse a sí misma como tal, sigo reencontrándome con mis escritos en la realidad. Poesías y sueños entremezclados, alimentándose mutuamente para prefigurar el futuro, brotan con el tiempo en colores y texturas a mi alcance. Hace pocos días, no sé si en un sueño o en un camino, encontré un árbol crecido en un lugar donde el día anterior sólo había césped. Fue tan perturbador que olvidé los detalles para poder pensar que pudo ser un sueño.


El sillón de mimbre

Estaba muy cansada. Necesitaba detenerse a tomar aire, pero sabía que no podría hacerlo sin exponerse a preguntas que no estaba dispuesta a contestar. Pensó en morirse, pero ¿quién le aseguraría que la próxima vida sería mejor que ésta? Además, habría que empezar de nuevo. No, agotemos lo que hay. Y siguió buscando alguna salida en su imaginación, que sólo podía ofrecerle soluciones irrealizables.
El timbrazo inesperado la llevó hacia la puerta de calle, pero el sillón de mimbre que había recibido esa mañana la obligó a dar un atropellado rodeo.
A través de la mirilla vio a dos mujeres. Testigos de Jehová, pensó al primer vistazo. La vestimenta, la postura, las carteras y papeles que llevaban eran inconfundibles. Y cierto gesto de resignación que arrastraban como una máscara transparente terminaba de delatarlas. Ellas venían a ofrecer el paraíso, pero la gente no anda dispuesta para los espejitos de colores. Mejor, más lugar para nosotros en el cielo, pensó Julia que pensarían las mujeres.
¿Cómo iba a sacárselas de encima? ¡Eso es! No puedo atenderlas en este momento, les dijo limpiamente sin dejarlas hablar. ¿Qué mejor que decir la verdad? Además, cualquier excusa sonaría igual. Ellas aceptaron con mansedumbre la negativa y ensayando una sonrisa de cartón, se fueron.
Julia volvió a la noria de sus pensamientos, escudriñándolos, desechándolos y retomándolos alternadamente.
Recorrió los cuartos de la casa con expresión ausente, tratando de recordar qué debía hacer en cada uno. Tenía noción de las tareas que le aguardaban para el resto del día, para el resto del año, para el resto de su vida. Sin embargo, cada vez que abría una puerta se quedaba automáticamente en blanco, afanándose por saber para qué había llegado hasta allí. Una segunda vuelta no le deparó mejores resultados y decidió, por fin, que lo mejor sería detenerse. Sí, claro, detenerse, sentarse, no caminar, pero el reposo del cuerpo no hizo más que acelerar el molino de su angustia.
Sin embargo, en algún lugar de su anatomía, un punto indefinido resonó diferente, como si la tensión que había estado acumulando hubiera encontrado por fin una vía de escape. Se miró: estaba sentada en el sillón de mimbre pintado de verde claro que le habían entregado esa mañana.
El sillón. ¿De dónde venía? Se lo dejó, casi a la fuerza, venciendo su negativa a recibirlo, un hombre gris, de mameluco y rasgos aguachentos que no supo, no pudo o no quiso darle razones de la insólita entrega. Se limitó a colocar un papel sobre el asiento, al tiempo que agregaba: “Cualquier cosa, llame a este teléfono. A la tarde pasará el supervisor”. Y sin esperar el sonido que iba a salir por la boca abierta de Julia, se fue. Cuando reaccionó, ahí estaba el sillón de mimbre para recordarle que no había sido una alucinación.
Miró distraídamente el papel y alcanzó a leer “remito”, antes de encogerse de hombros y volver a lo suyo. El resto de la mañana anduvo de aquí para allá, macerando sus pesares en amargura. Cada vez que tropezaba con el sillón se encaminaba al teléfono, pero invariablemente olvidaba el propósito a mitad de camino.
Cuando después de despachar a las Testigos de Jehová se encontró sentada, en lo único que pudo pensar fue en el sol que iluminaba el jardín. La combinación de descanso y sol le pareció imprescindible y supo que ya no podría atender otras ideas. Había en ese sitio un llamado invisible, como un vórtice que la atrajo sin ninguna resistencia, más bien aliviada porque algo, alguien, estaba decidiendo por ella. Arrastró el sillón hacia la puerta de calle. Alcanzó a elaborar a medias la idea de que si lo reclamaban... ¿si reclamaban qué? Bueno, no importa, murmuró apresuradamente entre otros pensamientos desperdigados. Ya estaba en medio del jardín.
Cuando se sentó, la tierra blanda cedió bajo las patas delgadas del sillón. Cerró los ojos y se entregó a esa suave explosión que estaba diluyendo los límites de su piel. Lo último que percibió fue un cosquilleo en la textura del mimbre, como si las varas se estuvieran ampollando.

Mario llegó de la oficina al atardecer. Abrió distraídamente el portoncito de hierro y cuando fue a meter la llave en la cerradura, la puerta del living se abrió sola y lo dejó amagando en el vacío ese movimiento automático. Buscó a su mujer; seguramente estaría entretenida con el riego vespertino, o quizá en la cocina.
Un pensamiento oblicuo le hizo preguntarse por el menú de la noche. Lo esquivó, acuciado por la inquietud creciente porque Julia no respondía a su llamado.
Recordó vagamente haber visto un papel en el piso del hall y volvió a buscarlo. Quizá fuera una nota, quizá... no, era solamente un remito con membrete de una importadora y se refería a un “sillón de mimbre asiático”. Vaya uno a saber cómo había llegado hasta ahí, porque estaba dirigido al 560, y ése era el número de la casa de Doña Pepita... pobre vieja, tanto trajinar, parece que al fin pudo juntar lo suficiente para comprarse el sillón del que siempre hablaba y se dio el gusto. Seguramente le vino a consultar algo a Julia y se dejó el remito. Pero Julia, ¿dónde está Julia?
La llamó de nuevo, en voz más alta y ya sin esconder su preocupación. Julia andaba en las nubes últimamente, pero era muy cuidadosa en lo concerniente a la seguridad. Además siempre lo esperaba en la casa, como haciéndole guardia a tanta pulcritud, nunca un rastro de polvo en los muebles, jamás una arruga en el cubrecama, la comida siempre lista, todo lavado, todo planchado. Y mientras hacía ese repaso doméstico elemental había salido de nuevo al jardín, se había arrimado al cerco que lo separaba del otro vecino y hasta llegó a la vereda, también sin resultados.
Y entonces, cuando se disponía a entrar para recorrer otra vez toda la casa, notó algo extraño, fuera de lugar: en el centro del jardín había un árbol. Su tronco se erguía con el aplomo propio de las cosas que han permanecido muchos años en el mismo lugar, salvo que hasta esa tarde no estaba ahí. Era un sauce, con sus ramas lacias llenas de brotes y el tronco áspero surcado por anchas estrías de crecimiento.
Frunció el ceño, esforzándose por entender cómo nunca lo había visto. Además, a él jamás se le hubiera ocurrido plantar un árbol justo en el centro del jardín, se dijo meneando la cabeza. Es más, hacía muchos años que no se le ocurría nada, y menos en su casa, que la convivencia y sus acuerdos habían dejado tácitamente bajo el dominio de Julia. De todos modos, el sauce estaba ahí, en medio del jardín, vigoroso, muy brotado y sin una explicación lógica, lo mismo que la desaparición de su mujer.
Se acercó desorientado, doblemente conmovido, hacia el árbol imposible, haciéndose todas las preguntas al mismo tiempo. Apoyó la mano derecha sobre el tronco; el latido bajo su palma y esa sensación tan familiar que alguna vez pudo ser una caricia lo sobresaltaron. En ese instante, la ausencia inesperada y la presencia absurda se encontraron en el mismo pensamiento.
Fue como un fogonazo, un relámpago que iluminó las dos caras de una misma moneda ignota. Como un espejo que se mira en otro espejo.

JLP
24-XI-95

2 comments:

darYrecibir dijo...

Que vuele el árbol y se plante la pluma, mientras me siga deleitando con tu lectura.

ClavedeLuna dijo...

¡Muchas gracias! Haré lo que esté a mi alcance por complacerte... y ¡feliz Día de la Música!