Ayer, 10 de marzo, con un año y medio siglo a cuestas, los recuerdos me asaltaron sin orden ni concierto: manchas coloridas o tirando a sepia, rasgos, voces y hasta olores. El olor del pan de a bordo, el olor de los puertos, y allá lejos, el de amapolas, retamas y frambuesas que jamás pude extraer de ningún frasco. Y sin embargo, es a su persecución y a su ausencia a quien debo, en última instancia, la canción de mi médula, ésa que no puedo cantar, porque hasta cuando la recito se me quiebra la voz. La Canción para Norma y para Guido, en quienes nombro a tantos otros que desde lejos agitan pañuelos invisibles de despedida y bienvenida. Como yo misma lo hice siempre, hasta que conseguí ponerle palabras propias a este sabor que viene rebotando entre el corazón y los sentidos, entre la esperanza y la nostalgia.
Nido, Vuelo y Otros Cielos
o La Canción del Inmigrante
Para N. H. de M.
I
No te vayas
sin dejarme anidar en tus silencios,
sin esparcir el rocío presuroso
que mi sed de volar
bebe en el sueño.
No te vayas
sin haber aprendido que este cielo
pesa en la ausencia
y sólo puede medirse con nostalgia.
Aunque llenes la valija de recuerdos
el corazón no entiende
y la razón no alcanza.
Si allá,
adonde vas,
sientes que el aire
hace su trabajo indiferente,
que es siempre igual,
con tormenta o con calma.
Que recorre tu perfil
y no le importa
si tropieza con el surco de una lágrima.
Es que ese aire
con alardes de nobleza,
ahíto de historia y de museos,
involucra a la gente en sus cuestiones
y rehúye los abrazos y los besos.
Está todo muy claro:
reconoces
cortesía en el trato
y adviertes gentileza
en cada gesto...
Eso sí, tibia y formal,
nada de fervores.
De vereda a vereda
preguntarán por tu frío,
o querrán saber si acaso es fiebre,
pero a menos que lo pidas
no cruzarán la calle
para prestarte abrigo
o enjugar tu frente.
Y uno,
que anda alegre de amores,
satisfecho de hijos,
y ha zurcido la bolsa con alivio,
se da cuenta que está ansioso,
desolado, hambriento,
y aunque la vida siga igual
o aún mejor,
ya no es lo mismo.
Anda ansioso de afectos,
desolado de abrazos,
hambriento de cariño.
Y en esto —sabes bien por qué lo digo—
no habrá médico que acierte,
medicina que cure
ni amigo que te alivie.
II
Estas líneas prometidas,
demoradas,
hiladas con paciencia y regocijo
en la rueca de mis días,
tienen alma de espejo
y vocación de pájaro perdido.
Ya no puedo retenerlas mucho más.
Pronto se irán
hacia tu mano ansiosa,
que les ofrece primavera, sol y aromas
por recibir un poco de este otoño.
Tendrás suerte.
Cuando rasgues el sobre
un crujido de hojarasca
sorprenderá a tus dedos...
La paleta de Marzo,
entusiasmada de ocres,
rojos, cobres y dorados,
me contagió de árboles los versos.
Después,
desdoblarás estos papeles como un rito.
Buscarás,
con ojos húmedos,
el espejo detrás de las palabras
y un aleteo de visiones
en su ritmo.
Y tratando de entender lo que te pasa
descubrirás
que el verdín de la nostalgia
suaviza los rincones del recuerdo
y carcome las aristas del olvido.
Ahora sabes —ahora sé-,
que en la distancia
se crece de otro modo
porque se añora el nido.
Es el riesgo de volar:
que cielo y vuelo
te den otros caminos,
otros sueños,
y un dolor muy tenue,
como sal
sobre la miel que le saques a la vida.
Quien alguna vez partió
sabe de qué hablo.
Sabe también que no hay regreso
que lo salve,
porque al volver
habrá partido de otro sitio.
JLP
27-III-95
